Con mucha
frecuencia reconocemos el parentesco de las personas. En unas primeras
comuniones, en un restaurante adivinamos… ¡anda!, esa chica, pues, no hay duda,
es hija de esta mujer, si es que el pelo, las mejillas, la sonrisa ¡son los
mismos! Hasta incluso un pequeño de dos años, ¡mira qué pose este retaco!, si
es clavado a su abuelo, en la manera de plantarse, ¡con los brazos cruzadas a
la espalda!
Pero si los cristianos afirman que Dios es
nuestro Padre ¿Cómo nos parecemos a él? ¿Por el pelo?, ¿por la sonrisa, por
nuestra pose? Claro
que no. -Nos parecemos por el amor; en nuestra capacidad de
amar.






