Estamos en el año de la misericordia, o al menos, si
prefieres, es a lo que nos está invitando a practicar el papa Francisco. Una de
estas obras de misericordia es consolar al triste.
Me llamó mucho la atención la forma con que
la voluntaria en un campamento, -mujer de mediana edad, con hijos- exhibía
todos los recursos a su mano e imaginación, para sacar de la tristeza a un
chico acampado, que no se sabía qué es lo que le hacía llorar más, si el no
poder ir al parque acuático, al se había marchado ya todo el campamento, o el
dolor que tenía por una afección corporal.
Me admiró la
paciencia, la variedad de argumentos, la constancia de razones, los gestos y
tonos de cariño, sin aflojar, ¿casi una hora? Para conseguir consolarlo. ¿Lo
consiguió? ¿De qué pasta hay que estar hechos para tener esta paciencia?






